Aperturas

La belleza

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Written by Bernardo Arroyo

La belleza:

Como aquellos encuentros que sobrevienen desde los reinos trascendentales, la belleza desborda incesantemente todas nuestras determinaciones. El centro de nuestro ser vibra conmovido por la serena pero intensa presencia de una alteridad radical, el encuentro con una  otredad  que se revela a sì misma a travès de lo contemplado.

 

Experimentamos los efectos de un doble movimiento: El  deseo del yo,  el centro de nuestro ser que busca la belleza ascendiendo, y el descenso de lo bello: su donaciòn o acercamiento mostràndose como un otro,  un rostro, una interface. En este dinamismo  se establece un vínculo en el cual el yo  y su complemento trascendente dialogan, produciendo asì  un sentido que impulsa a todo lo real a alturas espirituales, y a lo espiritual a materializarze.

 

En este diálogo, acciòn e inspiraciòn conspiran para redefinir las fronteras de lo existente, ya sea en la presencia de un avatar de la belleza, o en el acto creativo que la materializa. En el primer caso una poesìa, un cuerpo humano, una obra de arte o un panorama natural implican a la belleza acercàndose, y contemplarla es recorrer estas  implicaciones siguiendo el ritmo dado por su acercamiento. La docilidad a este ritmo, exige la recuperación de cierta inocencia de la visiòn que deja atrás todas la consideraciones del gusto y los valores del espíritu de un  tiempo en particular. Ver con los ojos siempre nuevos nos lleva a  transformar nuestra percepciòn en una vasija dùctil al suave, pero intenso influjo de la belleza. Presenciamos  así  la emergenia de un nuevo mundo, una realidad inesperada en la que irrumpe poderosamente lo trascendente.

 

En el segundo caso, el acto de creación es una redefiniciòn de las relaciones entre singularidades. En una composiciòn que en la màs armoniosa mezcla de sus elementos vibra al unìsono con el recuerdo de la presencia de la belleza que anima al artista.

El recuerdo de la belleza encontrada en la forma exterior o en la mùsica interior en el destello de una experiencia genuinamente bella es de tal potencia, que podría decirse que  encegece e impide una memoria perfecta. O más bien, intuimos y somos cautivados por todas las dimensiones de la experiencia estètica, pero al amoldarse a nuestra reflexiòn finita  pierde muchas de estas dimensiones. Asì  el recuerdo de una presencia infinita que se desvanece en la niebla del pasado deja lagunas en la obra creativa, lagunas que se llenan tal vez con resplandores demasiado humanos.

 

En el primer caso, la novedad es imposible de predecir; nunca sabremos que forma tomarà nuestra contemplaciòn. Ni siquiera de un instante a otro. En el segundo, la reminiscencia de la belleza encarnándose en forma, reconoce que aún la perfección de los medios es incapaz de contener la totalidad de los matices que presenciamos. La voz de la belleza puede decirlo todo y aùn asì siempre hay más.

 

La imposibilidad de controlar y predecir, y la imposibilidad de contener al infinito despuès de estar cara a cara con la belleza son una tragedia constitutiva de la relaciòn entre lo determinado y lo trascendente de la belleza. Si, Lo que queda de nuestros encuentros con lo bello son paraìsos perdidos. Esta pérdida provoca un sentimiento tràgico que desespera a los que ansían poseer y dominar, totalizar en la esfera de lo meramente humano  a aquello que siempre la sobrepasa. Reconocer este desbordamiento es una causa y efecto que disuelve todos los idealismos abriendo una grieta de donde manan posibilidades sin fin. En estas posibilidades un artista jamás es vencido. No renunciarà a su devociòn por lo bello al reconocer en este diàlogo la condicion de ser finito frente a lo infinito, resultando en un proceso tan profundo que se intuye como inagotable.

 

La belleza posee el don de comprendernos, de cautivar nuestra vida y liberarla en una mismo movimiento para que recorra todos los senderos que su gracia nos regala. Deseamos con un hambre infinita una vida bella. El hambre por lo trascendente, al habitar en el medio fecundo de sus posibilidades se sacía deambulando sin absolutos en una tierra de nòmadas, una tierra siempre renovada con el esplendor de aquello que nos trasciende siempre.

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Bernardo Arroyo