Aperturas

La intensidad de la felicidad

20130722-124057
Written by Bernardo Arroyo

Lectura del día: ¿Qué es la filosofía? De Deleuze y Guattari.

Se disfruta del genio de un autor en la medida en la que estamos dispuestos a dejarnos transformar por él. No siempre soy capaz de leer así, muchas veces solamente recorro los textos con cierta premura y busco encontrar pasajes que confirmen lo que ya pretendo conocer, pero en realidad me estoy leyendo a mí mismo en la medida que me dejo llevar por la ilusión del autoconocimiento. Lo “sabroso” , es decir la sabiduría de una lectura -o un encuentro humano, o una vivencia- es un esfuerzo que busca reconocer tres cosas: La otredad, uno mismo y el potencial del espacio virtual en donde se encuentran.
Lo otro es la existencia de un mundo completamente distinto del que reconocemos como propio, uno mismo es una constelación de ideas, afectos, sueños y memorias que danzan alrededor de un punto bastante escurridizo que identificamos como el “yo”. Y el espacio virtual donde se realiza el encuentro incluye al yo y al otro debido a que las fronteras entre ellas son muy difusas al grado de la confusión total, pero al mismo tiempo siendo diferentes.

No estamos muy acostumbrados a pensar en algo que pueda tener dos características contradictorias sin destruirse a sí mismo o causarnos un dolor de cabeza al imaginar una velocidad cada vez más alta en la sucesión de los estados contradictorios (Imaginemos un ying-yang taoísta girando cada vez más rápido) Ciertamente esto es signo de un pensamiento confundido, pero sólo un signo más no el contenido de ese pensamiento. Más de una disciplina a través de la historia busca precisamente esa unión entre lo que se contradice, o hacer infinita la velocidad de la sucesión de los estados, en el caso del espacio virtual del encuentro: La unidad yo-otro.

Deleuze como un digno heredero de Bergson basa su filosofía en la intuición del devenir. Estas dos palabras, relativamente técnicas y con un uso muy particular en Bergson mutan en el plano Deleuziano, en su propia vida como una constelación de inclinaciones personales, su propio Daimón o genio, e interactuando con una otredad en un amplio espectro: Su colaboración con Guattari, Francia y su ambiente político y cultural, el mundo y toda su historia. Sobre todo me intriga el espacio en donde Deleuze se encuentra con Bergson, Platón, Leibniz, Spinoza, Artaud. Se encuentra “ahí” consigo mismo, con el mundo y por supuesto es también en donde también nos encontramos con él al leerlo hoy en día.

La totalidad de toda nuestra historia personal se concentra en el más mínimo de nuestros actos. La forma de una nube en el cielo es esa y no otra debido a todas las interacciones de la atmósfera: Sería otra si el último suspiro del emperador Adriano hubiera sucedido cinco minutos después. Mucho se puede escribir sobre esta línea de pensamiento pero más bien quiero echar ascuas en la imaginación de quien lea esto. Probablemente llegará a la misma conclusión: Todo instante es único y está informado por la totalidad del pasado. Sin embargo, ¿Qué tipo de cálculo divino podría conocer esta totalidad de forma que a partir de cualquier instante sea posible saber que sucederá? Hay ciertas regularidades estadísticas que casi infaliblemente nos dan una respuesta de este tipo en sistemas simples: Las gallinas esféricas en el vacío del modelado matemático. Aproximaciones que realizamos haciendo una subdivisión cada vez más fina del medio donde la realidad sucede.

Si realizamos una genealogía de la procedencia de las ideas de Deleuze, y luego procedemos a buscar la genealogía de las nuestras seguimos el método de la subdivisión en modelos aproximativos. Un poco de Aristóteles aquí, un poco de Wittgenstein allá, cuatro cucharadas de alquimia medieval y el ambiente político local y global y así sucesivamente. Esta exégesis es una receta pero esta de nada sirve si no se prepara el pastel y se prueba. Entrar en el fenómeno.

Por eso me intriga tanto el concepto del espacio virtual donde suceden los encuentros-acontecimientos ya que precisamente es donde la unión de todos los sabores es saboreada. Este espacio que es un “ahí” tanto como un “aquí”, así como un pasado, un instante y voluntad de infinidad de futuros posibles.

Hace unas semanas un amigo me preguntó sobre la felicidad, a veces digo cosas que tardo muchos días en comprender y en esa ocasión le dije que es la multiplicación de las relaciones que tenemos con el mundo (lo otro) y la intensificación de las mismas. ¿Podría decirse que consiste en habitar este espacio virtual del encuentro de un modo particular?. Precisamente por el poder de la voluntad de una infinidad de mundos posibles se nos abre la puerta para amplificar lo que somos como un yo, haciéndonos más complejos al dejar que más y más voces hablen a través nuestro, que seamos más “coloridos” como en la excelente película de anime “Colorfull” de Keiichi Hara, Es decir, que la silueta del concepto que gira alrededor de nuestro yo tenga contornos más únicos. Esto es posible a una permeabilidad de sus contornos a la otredad. Así también la otredad y su singularidad va haciéndose más presente. Esto es una transformación simultánea del yo y de la otredad.

Esta multiplicación de nuestras relaciones con el mundo resultado de la apertura, y su intensificación por la voluntad es como diría Keats y como recupera Hillman en su psicología “Hacer alma”. El yo y la otredad son constelaciones sobre el espacio virtual de las relaciones. Reconocerlo, habitar en ese espacio plenamente es un acto creativo. Multiplicar e intensificar nuestro estar en el mundo es crear cualidades en nuestro yo y en el mundo que reconocemos como la felicidad, el desbordamiento de la belleza a través de todas las fisuras.

Curiosamente, las multiplicaciones e intensificaciones de todas estas relaciones siempre retornan diferentes. Este es otro de esos deleites que brinda la lectura -ortodoxa o no- que hago de la constelación interior/exterior que inspira continuar la transformación, a la cual si nos resistimos bien podemos llamarle decadencia.

About the author

Bernardo Arroyo